Columna de Opinión escrita para Portal Zona Norte; 03/02/2013
Ciertamente, cuando de insultos se tratan, no existen los titubeos ni la falta de certeza. En una fugaz elocución, nos convertimos en los hacedores de la violencia verbal y excluyente de un proceso social de integración y tolerancia, que caracteriza – o debería caracterizar – a la sociedad civilmente organizada (aunque siempre ha menguado en el conflicto de su continuo desarrollo y reestructuración cultural). Es, sin duda, un acto consciente, el emplear un vocabulario en pos de la ofensa a la investidura, imagen, identidad, condición, color o posición de una persona. Es quizás su carácter prohibitivo – socialmente reprochable – que le otorga aquella efervescencia que ante su empleo causa cierta saciedad de expresión de una naturaleza agresiva y displicente; y ante todo, altiva, de parte de quien emite y asienta un juicio de tal esencia, en virtud de su idiosincrasia.
Resulta desafortunado, y lamentable, que encontremos en el denuesto, el eje de nuestras argumentaciones para realizar evaluaciones sobre el carácter de una persona y sus acciones. Es entendible que en el nombre del humor, el insulto parezca una herramienta suspicaz para entretener; aún sazonada en el sarcasmo mismo. Pero no debe escapar de nosotros, que la impunidad que otorga un proscenio teatral, no contempla la reacción consecuente a la irresponsabilidad de un emisor que resulta ser un referente de un ámbito político; de quién se espera – y se brega – cierto decoro y mesura. Quizás en mayor medida que otros referentes y voceros de ámbitos societarios institucionales. Aunque lo terrible sea, que en verdad nos conformemos con la opresión del pensamiento como un ideal de convivencia, en vez de su erradicación, como patrón de superación.
Huelga decir que Miguel del Sel, aquél humorista que decidió desprenderse del perfil de sus personajes artísticos – no así de su personalidad – para asumir un perfil político, es una muestra palmaria de aquello que resulta desafortunado, no deseable. No es la ofensa a la investidura presidencial – es cuestionable si se trata de misoginia por el simple hecho de que la receptora del agravio sea condicionalmente una mujer –, sino su mezquindad abyecta y peyorativa de descalificar a un individuo por su simple presencia sexual; que lo hace caer en la ignominia. Y no fueron sus críticos dichos sobre Cristina Fernández de Kirchner lo que debió llamar la atención moral, sino aquél ataque discriminatorio a la transexualidad; como siempre, sin razón de ser, como todo estereotipo en el que encuadramos a la humanidad ajena, en desdén de su individualidad. Porque lo expresado – y según mi parecer, desafortunado – no se resume en un simple chiste de “mal gusto” de un candidato santafesino que manifiesta un óbice al diálogo institucional, en un país democrático que necesita fortalecimiento y calidad institucional, valga la redundancia, sino también en la triste coincidencia que la Provincia de Santa Fe, que aspira a gobernar, es el primer Estado provincial en cumplir con la Ley de Identidad de Género y en promover la inserción e integración laboral de personas trans en la administración pública.
No cabe duda que hay que llamarnos a la reflexión y pensar que quizás, es tiempo de rectificarse. Rectificarse por el empleo de términos que conducen a aquella cuestión que debemos empezar a reconocer sus efectos; la discriminación, histórica asentadora de las brechas culturales y sociales que acarrearon a minorías o mayorías reprimidas a su exclusión, marginación y genocidio. Lejos del hiperbolizar, me preguntaría, más bien, la conveniencia, satisfacción o utilidad que podría haber, al utilizar con frecuencia aquellos términos con terminaciones referentes a lo escatológico, a una patología o relativas a la prostitución. Deberíamos aprender a desambiguar el efectismo del insulto, de su verdadero significado, y así comprender a quién herimos en realidad. La discriminación se trata de una lesión moral a la dignidad de la diversidad, carácter intrínseco y esencia de nuestra humanidad, que nos hace conscientes del poder de las palabras. Sabemos emplearlas con determinación para agraviar; lo hemos demostrado a lo largo de la Historia y sus acontecimientos. Pero también debemos aprender a rectificarnos y usar el poder del lenguaje para dialogar con deferencia en aras de la integración.