Ya es un habitué hablar sobre las cadenas nacionales de la Presidenta de la Nación, las críticas y reconocimientos de los artistas hacia el Gobierno Nacional y los ataques mediáticos entre el Grupo Clarín y los programas televisivos – me resulta innecesario individualizarlos – de Diego Gvirtz y su productora PPT (Pensado Para Televisión). Pero aquél quehacer cotidiano, donde lo polémico nos atrae y embiste constantemente, de manera sugestiva nos ha dejado en un lugar, donde el aire se volvió viciado y nadie está dispuesto a abrir una ventana. Un hedor fétido y agresivo es el que caracteriza el aroma de la intolerancia, procreadora de toda violencia y desentendimiento. Un aroma con el que nos hemos acostumbrado a perfumar a diario. Claro que, existen distintas fragancias, y las hay para todos los gustos. Y la mayoría de ellas, fatto in casa.
En el devenir del primer gobierno de Cristina Kirchner, empezó un proceso de transformación de la cultura del diálogo entre los y las argentinas. Una cultura casi inexistente, y en su pobreza, abundante de soberbia, exclusión y discriminación. Y si; de algo tenemos que hablar; de política. Pero depende dónde y con quiénes. Tenemos miedo a confrontar, porque esperamos la violencia. No buscamos engendrar la tea del debate, sino la recriminación y la tenaz recusación del adversario parlante. Pensar ya es motivo de denuncia. Y dependiendo de los actores, del contexto y su circunstancia – si parecen del “54%” o del “46%” -, desatamos una guerra balística de palabras, con exceso de insultos y poco interés de analizar lo insultado, por encontrarse cuesta arriba aquellos conocimientos necesarios para hacerlo.
No hace mucho, surgió un “conflicto” – si así lo queremos llamar o preferimos instalarlo de esta manera – entre el reconocido actor cinematográfico Ricardo Darín y la actual mandataria argentina Cristina Fernández de Kirchner, quien en esta semana ha estado compartiendo su aventura presidencial en Vietnam y perfilándose para ser “Miss Vietcong”. Pero lejos de Ho Chi Minh, el actor se había preguntado frente al periodista de la revista Brando, el porqué del patrimonio de la jefa de Estado argentino. Una simple curiosidad de un ciudadano, que se preguntó frente a un hecho que – según él – no resulta fácil de ser explicado. Huelga decir que el desenlace es de público conocimiento, y que la historia continuó luego de la réplica de Darín a la misiva pública de Cristina por su cuenta de Facebook. Y como las redes sociales son parte de esta cultura de diálogo que se ingesta, todos y todas metieron su bocado en el asunto. Y no faltó la oportunidad para ver quién y cómo se posicionaba cada uno de los referentes culturales, sociales y políticos, en la intrigante espera del “A ver qué dice”. Y según qué dirá, será merecedor de una corona de laureles o, de una corona de espinas.
En esta batalla, no existe lugar para la mediación ni el razonamiento. Sé es indefectiblemente kirchnerista o se resulta ser un ciudadano; o visto desde otra perspectiva, un gorila cipayo. No hay lugar para pensar entre la “cadena del amor y la paz” y las cacerolas que se hacen sonar de vez en cuando. Ni Florencia Peña – por su comprometida involucración con el kirchnerismo – ni Ricardo Darín – por una pregunta que es un interrogante errante desde la exposición pública de las propiedades de la familia presidencial en la Patagonia -, se salvan de ser los claros ejemplos de lo que una cultura política violenta puede llegar a lograr. Una democracia de mayorías, que sólo diferencia entre oficialismo y oposición a las personas (las minorías como el pueblo Qom, no entran en el esquema). Una discriminación que excluirá los valores y las acciones, para sólo enfocarse en la fruslería.
En nuestro imaginario, todos los días revivimos a Joseph McCarthy, padre del macartismo, aquél que por no tener la capacidad de comprender la complejidad del pensamiento humano, sólo comprendió un mundo bipolar en una dicotomía de capitalistas y comunistas. Y quién no era feligrés del capitalismo, no concebía un “orden mundial de libertad, paz y democracia” (algo que todavía el nuevo orden mundial no nos ha otorgado en lo absoluto). Es importante que razonemos si queremos deportar a un Charles Chaplin todos los días, por su derecho a pensar y a expresar sus críticas; y sobre todo a animarnos a no querer encasillar a las personas en definiciones, sino a darle mérito a sus acciones. Es importante saber si queremos deponer a un monstruo, para ocupar exactamente el mismo lugar. Hay que concebir las diferencias como algo innato a nuestra condición humana; porque, carajo, ¡sería aburrido el mundo!
Y para dar un cierre dedicado al lector intrigado de mi posición ideológica en el contexto histórico y político argentino; no soy kirchnerista, pero tampoco me considero opositor. En el nombre de la tolerancia, la diversidad es la esencia de la democracia. No hay inquisición, ni caza de brujas. Sólo hay ideas.