Decidí interrogarme, aunque resultara una tortura. Al igual que cada uno de ustedes, que viven interpelándose, buscando explicaciones entre los porqué que nos planteamos. Y me decidí a escribirlo, aunque no sea un gran adepto a la narración en primera persona. Porque, como todos, tememos a la profundidad y a la presión que se genera cada vez al ahondar en esa cosa llamada "sentimientos". Esa extraña cosa cosificada y alienada, que sin querer a veces optamos por reprimir, olvidándonos por un instante - un término muy ambiguo, cuando la eternidad es un instante en sí - de nuestra capacidad perceptiva y sensitiva, por algo más de corte mecánico y lógicamente funcional. Algo de mecánico tenemos, y nos parece confortable - o quizás más seguro - operar como ordenadores, en vez ser nosotros mismos. Pero cuando un sistema mecánico y funcional llega al error, por lo general, lo reiniciamos, lo desenchufamos, le cambiamos la batería o hacemos valer la garantía extendida o buscamos a un técnico que nos pueda decir si lo puede solucionar o es mejor comprar uno nuevo que pagar por un repuesto. Bueno, si fuera tan sencillo encontrar repuestos para nosotros mismos, buscar un técnico - mejor un terapeuta -, desenfucharnos o reiniciarnos - algunas veces logramos ambas -, no seríamos humanos. Seríamos más bien, algo artificial no tan animal, pero bien primitivo.
Me desvié por la tangente, pero sólo porque me gusta dejarme guiar por los pensamientos más frescos, que se anteponen a las ideas primarias (como la que me llevó a escribir). O también porque quiero evitar escribir sobre mí. José Ortega y Gasset sostenía "Yo soy yo y mi circunstancia", y esas realidades circunstanciales son las que nos definen, las que nos hacen mutar. Y no es lo físico, sino todo aquello que engloba el entorno, desde una dimensión espiritual, histórica y cultural, desde lo inmediato hasta lo remoto. Veo que no estoy decidido a interrogarme, porque sigo buscando vías de escape de la interrogación a la que me quiero someter. Pero si pude escribir tantos caracteres, debería poder dar inicio, sin prescindir de los elementos que me permitieron llegar hasta este renglón. Veamos si continuar en un ulterior párrafo me brinda los cojones necesarios para la tarea más complicada que pude asignarme.
Me gustaría empezar por el final; soy sumamente feliz. Soy, no estoy. Encontrar una senda, pedregosa y rudimentaria al igual que las demás pero tan distinta a la vez, me brindó lo que durante veinte años estuve intentando encontrar; la felicidad. Si, puede ser que sea muy apresurado decir que la encontré. Pero a no confundir, no se trata de una emoción, se trata de una virtud. Y la busqué todo este tiempo, y no estoy dispuesto a renunciarla por cualquier vicisitud, placer espurio o temor por reproche ajeno. Cuando uno encuentra su felicidad, se encuentra a si mismo. Es una lucha, pero una batalla digna de ser librada, cuando nunca tenés nada que perder, más que la oportunidad de desencadenarte de todo aquello que, por todo este tiempo, me contuvo. Recurrir a profesionales a tiempo, es una buena opción, pero mi rebeldía no me lo permite. Hoy reconozco que de antes de iniciar mi adolescencia, ya adolecía. Siempre resulté diferente, no encajaba. No pertenecía al centro acorazonado de las comunidades en las que interactuaba, pertenecía a la periferia. Perdón, a la izquierda de la periferia. Cargué siempre con un sentido de responsabilidad. Una incapacidad para decir que sí a algunos actos que fácilmente tildaríamos de "inmadurez", cuando a esa edad hubiera sido "cosa de pibes". Bueno, nunca me lo permití. Cargué con eso y otros temas, y ahí quizás encontramos un denominador común entre todos los hombres societarios; la familia y la economía. Y por lo general, son términos que mentalmente se fueron asociando con la definición de "problema" (como si hubiera una sola acepción aceptada). Y para colmo, en mi espíritu humanista, de aquél monaguillo que era en la Capilla "San Miguel de Arcángel" del barrio de mi infancia, Munro (al que solía volver caminando desde la escuela que se encontraba a tres kilómetros, cruzando la Panamericana), me terminé interesando por la política. ¿Para qué? Acostumbrado a las decepciones, pero en la búsqueda de cambios, no podía elegir mejor ámbito social. Y las decepciones continuaron, se sumaron las impotencias con las desilusiones y la depresión seguía agobiándome (Entiéndase a eso que le decimos "estrés"). Hoy siento que viví 20 años de una manera depresiva, y que como actor - no frustrado, porque la vida es un gran escenario, y soy un personaje propio de la obra que desarrollamos cotidianamente - supe disimularlo, a pesar de las famosas preguntas, "¿Te pasa algo? Te noto serio" (Si no me conocen por mi estricta seriedad) o la afirmación "Te noto contento" cuando tenía breve lapsos de feliz locura de comedia. La falta de paz interna, se reflejó en la guerra externa. La apatía, es en fín, apatía. Y el desgano, nos pone más vulnerables, nos destruye, nos apacigua, nos envejece, nos mata. Nos hace perder cualquier criterio de estima, de respeto. Y todo eso a pesar de que defendí siempre mi derecho a ser diferente, a no seguir ningún estereotipo, a no tener sentido de pertenencia, a lo que, no pertenezco. Todo este tiempo, construí una coraza para defender a ese niño rubio y de ojos celestes, que permanece allí remoto en un fotoretrato, con una sonrisa imborrable de felicidad. A ese niño que miro todas las mañanas, en mi portaretratos. Y al que, le prometí dar siempre lo mejor de mí. Porque, como todo niño, merece ser feliz. Y es la Providencia la que me otorga una vez más la oportunidad de cumplir mi promesa con él, mi otro yo. Mi pequeño Borges. Es la voluntad de no volver para atrás, de dejar en el pasado, lo pesado. Es innecesario cargar con tanto peso en la mochila de uno; porque sí, nos tratamos de receptáculos, pero tenemos un límite de volumen que podemos soportar. Y son las crisis las que nos hacen dar cuenta de ello. Crisis que siempre serán, porque son cíclicas (Y si guarda una coincidencia con las crisis estructurales de la economía y de los sistemas políticos, es porque sencillamente se adaptan a la lógica y naturaleza social humana). Pero lo importante es saber cómo las vamos a afrontar. Y es con la voluntad de cambiar. Es con la voluntad de mejorar. Es con la voluntad de la libertad de ser. Es con la previsión espiritual que nos conduzca a nuestra felicidad. Una felicidad perenne. La simple compleja felicidad de ser complejo.
Y hoy puedo escribir, que estoy cumpliendo mi promesa. Que estoy recuperando en lo "no perdido". Que mis ambiciones más profundas, están encarriladas, para que pasen de ser un simple deseo, a ser una realidad. Tengo metas para lograr mi objetivo. Y mi único fin es la felicidad, y es mi razón de existencia. Descubrí que empecé a transitar este camino de ida. Un camino que, es necesario emprender para aprender. Aprender a vivir.
