Así como se resquebraja y desmorona la panacea ficta del relato sociópata del quehacer nacional en la década del kirchnerismo, de matrices incompatibles con el avance de la corrupción a la par de la concentración del poder y la violencia institucional o la inseguridad agravada en el crecimiento del narcotráfico y la trata de personas, o más aún el estancamiento económico, con la traba a las importaciones, la caída de las inversiones, el incremento de las tasas de desempleo, el aumento de la pobreza y la crisis inflacionaria, surgen nuevos elementos para la redacción de un relato que contemple las fisuras actuales y permita una continuidad lineal, con cambios en planos comunicacionales, pero no sistemáticos ni de orden cultural. Es decir, el relato, bien manifiesto, se renueva con el rostro de una peripecia antagónica, casi dialéctica, para darle continuidad a un régimen. Lo que se plantea como renovación y en realidad, no es más que una continuidad, sin transformación. Más bien, un relato renovador que mantenga en estado ilusorio a un público que esté dispuesto a vivir según sus ejes.
Néstor nunca fue Néstor Kirchner. Néstor Kirchner fue procesista, menemista, cavallista, duhaldista, desinteresado de los derechos humanos y la defensa de los recursos naturales, privatista, usurero, autoritario, fraudulento, violento, envidioso y delincuente. Instauró la violencia y el abuso del poder desde 1987 en Río Gallegos. Su agenda jamás contempló los derechos humanos y utilizó los recursos del Estado para su crecimiento patrimonial. De haber “Mani Pulite”, hoy no existiría Calafate. El Néstor de las mil flores, del abrazo a las Madres, de las estatizaciones, del matrimonio igualitario, de la quita del cuadro de Videla (para nada comparable con el Juicio a la Juntas Militares que fue posible en un gobierno sin ataduras mafiosas, en cartera de Raúl Alfonsín), fue parte del relato. Néstor jamás existió. Por adyacencia, y por ser ficción, nada de lo demás, existió. Néstor Kirchner vivió y fue un delincuente. Continuar con el relato sería avalar la mentira y desembocar en una apología al delito, al resaltar un carácter heroico o loable en ser un fascista. Fascista, en los términos propios que Eugenio Zaffaroni esbozó en referencia a la reforma constitucional de 1998 de la Provincia de Santa Cruz.
Pero sin embargo, con la ayuda de sectores productivos, acuerdos con grupos económicos y bonanzas comerciales, los argentinos compenetramos el relato por once años largos. Y en esos once años largos, es también prudente entender que cuando se traza la línea de un relato, a veces hay que también prepararse para distintos desenlaces y considerar elementos renovadores, que nos permitan la continuidad de una matriz. Una matriz de inmoralidad, de saqueo, de impunidad. En un inconsciente sincericidio, eso asume Massa; su carácter renovador.
Sergio Massa, al igual que Kirchne,r jamás fue de izquierda ni tampoco peronista. Kirchner fue justicialista a secas. Massa militante de Alsogaray, al igual que Boudou, Etchegaray y Bossio, agentes recaudadores y depositarios de las cajas de acumulación del enriquecimiento K. Y no es para menos recordarlos y trazar la comparación. Etchegaray mantiene el control de AFIP. Massa y Boudou manejaron la ANSES; uno terminó siendo Intendente de Tigre y Jefe de Gabinete de Cristina Kirchner, y el otro Ministro de Economía y posteriormente Vicepresidente de la Nación. Premiaciones que resultan concordantes con la complicidad y convalidación de un saqueo latente. Es decir, designaciones sobrevinentes que no son fruto de buenas gestiones de fin público o idoneidades morales. En una organización delictiva, no hay lugar para la decencia.
El diputado nacional e Intendente de Tigre en goce de licencia, acogido a los fueros, tuvo el llamativo financiamiento electoral que gozó también en su momento el kirchnerismo durante la campaña 2013. Tal es así, que también se investiga su patrimonio por supuesto enriquecimiento ilícito, en sintonía con los Kirchner. Y al igual que en el 2003, son los mismos sectores y grupos económicos, los que hacen a la renovación del relato, continuando en el proscenio político la herencia de intendentes, economistas y legisladores que condujeron el ideal kirchnerista y hoy encaran un proyecto “divergente” al desgastado Frente para la Victoria. El modelo de gobernar no cambia, tampoco los negocios privados en la órbita de lo público. Es parte del genoma del kirchnerismo. Es la herencia de décadas de detrimento del republicanismo. Quizás la última, la que resultó ser de mayor atropello a las instituciones democráticas y a la garantía republicana.
Con perdón de la reiteración, determinar un proyecto político como renovador, sólo nos indica la esencia del mismo y a las circunstancias propias. Así como en Misiones, lo renovador significó la transición de Rovira a Mauricio Closs, sin oscilaciones ni modificaciones en la cultura de ejercicio del poder público. Quizás aún peor.
El Partido Justicialista o PJ Sociedad Anónima, esbozó desde antaño una cultura de renovación para la continuidad y manutención del poder público. Carlos Menem encabezó dicha renovación, despojando a prima fascie al ex gobernador bonaerense Antonio Cafiero. Duhalde invocó serlo en su momento. Kirchner aparentó la transversalidad, para encauzar el fascismo que aplicó en tierra santacruceña. y dar legitimidad a su autoritarismo populista. Y esa herencia quiere ser continuada, al menos intentarlo, encauzando votos opositores a través de Massa y oficialistas a cuenta de Daniel Scioli (y las múltiples variedades en las internas del FPV), pero garantizando la matriz del saqueo y la impunidad de toda una corporación política mafiosa. La verdad debe superar a la ficción del marketing político, que no respeta a sus consumidores; el electorado. La palabra es digna materia de estudio. Darle entidad a su etimología, a su valoración ontológica, a su efecto psicológico; a su aserción cultural. Muchas veces hemos renovado la fachada de la política gubernamental, pero nunca suscitamos la revolución cultural que de camino a la república posible; de la igualdad social, de la libertad, de la justicia republicana, de la democracia participativa abierta a un mundo en desarrollo, que requiere de consenso en su basta diversidad y complejidad. La batalla que se debe librar para una revolución; para una transformación social y cultural al estilo gramsciano, no es en el campo de las ideologías – materia perimida y obsoleta de superación – sino, más bien, en el campo de la Palabra. La palabra fundó a las civilizaciones, fundó al derecho, materializó la ética, condujo a la autodeterminación, al desarrollo y al progreso humano. Las mayores batallas épicas de la Humanidad, fueron en el campo de la Palabra. Tiene la capacidad de liberar a los pueblos de sus yugos. Más que renovación, república. Y parafraseando a Séneca, en una república, “el que no quiera vivir sino entre justos viva en el desierto”; o al modo argentino, en un médano.