Hace no poco, tuve la oportunidad de escuchar a la diputada nacional de la Ciudad de Buenos Aires, Elisa Carrió, mencionar en la presentación de su libro “Humanismo y Libertad”, las ideas esbozadas - en prima fascie – por Erich Fromm en las puertas del infierno de la Segunda Guerra Mundial. Quedaba pendiente un breve análisis de su obra “El miedo a la libertad” publicado en 1941, y sus elementos axiológicos siguen siendo el eje de una cuestión que pende resolver en la asignatura del humanismo.
El alemán – nacionalizado estadounidense - Erich Fromm (1900-1980) fue el primer psicoanalista freudiano y filósofo marxista en denunciar que el fascismo constituía un problema psicológico, basado en el aspecto de la libertad negativa – “la libertad de”. El ser humano no logra consagrarse en la libertad positiva – “la libertad para”, desde que rompe el vínculo primario – el desprendimiento del niño del seno maternal - y se descubre la personalidad, la existencia del yo como sujeto; individuo; ego personae. Desde la ruptura del vínculo primario, el ser humano descubre la libertad, pero a su vez pierde la seguridad (la protección de la madre que provee alimento, certidumbre y seguro frente al riesgo) y la pertenencia a una entidad colectiva (la familia como entidad no paritaria); reconoce su individualidad y su temor irrefutable hacia la aparente soledad – manifestable en el fuero interno y trasladable a las relaciones sociales - y la angustia consiguiente. Es entonces que el hombre busca en los vínculos secundarios, recuperar aquella seguridad e identidad de pertenencia colectiva que le quite aquél temor o pesar que trajo consigo la angustia y la soledad, a pesar de la libertad obtenida. Una libertad “de”, que no logra convertirse en una libertad “para”. Así, como la libertad trae consigo la responsabilidad del régimen sobre sus propias decisiones, el ser humano busca desprenderse de ella, reverberado aquella individualidad en una inferioridad dotada de inseguridad, riesgo, incertidumbre, angustia y soledad.
Entendido el axioma que plantea Fromm sobre la libertad que obtiene el hombre desde su niñez cuando se desprende de la madre y su consiguiente búsqueda en las distintas fases de su crecimiento y relación con la sociedad en los distintos ámbitos de socialización de recuperar aquellos elementos del lazo primario perdido, Fromm esgrime una relación simbiótica en el comportamiento del proceso y el carácter social: El sadomasoquismo. Ante un pueblo humillado, angustiado, sin identidad que le brinde sensación de seguridad, integridad y amparo y a la deriva en su individualidad – de aparente inferioridad -, como era la Alemania de la década de fines de la década ’20 y la Gran Depresión del capitalismo, el nazismo encontró su senda, ofreciendo la seguridad, la identidad colectiva y la superioridad que despojara al hombre de su condición inferior, renunciando a su individualidad y por ende a la libertad, en aras de la felicidad y el bienestar general que conllevaba el hombre al despojarse de su conciencia, de la responsabilidad de ser. Las consecuencias de ello, constituyó la mayor amenaza a la Humanidad; su exterminio.
¿Acaso el hombre dotado de libertad, prefiere la esclavitud? ¿Si el nazismo se basaba en la simbiosis del masoquismo del pueblo y del sadismo de un régimen, no es posible que aquél problema psicológico, sea reproducible en las democracias modernas, bajo otras formas de gobierno, ideología o construcción discursiva frente a la automatización de la personalidad?
Si fuera así, el fascismo, como problema psicológico, sigue regente en nuestras sociedades y es así como Elisa Carrió, en su reciente libro, expresa un temor fundado en la renuncia a la libertad como condición esencial del ser humano, sobre el que debemos reflexionar.
*Artículo de Opinión para la Revista Página de Olivos, Edición Agosto 2014.
